Escondida
detrás de una manzana, Sidhe observaba cómo el hombre gordo
golpeaba a su hijo con un grueso cinturón de piel, mientras el niño hacía vanos
intentos por protegerse. Cada azote arrancaba al hada una lágrima de tristeza.
Fue
precisamente el sonido de los golpes lo que había llamado su atención e incitó
a entrar en la casa. Ella era de las pocas hadas que se aventuraban a merodear
cerca de las viviendas de los humanos durante la noche. Una de esas hadas
responsables de que los humanos supieran de su existencia.
Aquella
era una de las cabañas ubicadas en las afueras del poblado que Sidhe ansiaba
conocer, aunque sabía que jamás podría hacerlo. Estaba consciente de que estar
ahí significaba un peligro mortal para sí misma y quizá para sus hermanas; el
hallazgo de una de ellas podría incitar al hombre a explorar los alrededores en
busca de más y quizá podrían dar con su pequeña comunidad. Pero Sidhe decidió
tomar el riesgo movida por la curiosidad que le produjo aquel sonido de golpes
y lamentos infantiles. Su conducta liberal la metía en problemas con frecuencia
y varias veces le costaban regaños de sus compañeras. Pero Sidhe tenía algo en
común con los humanos y era que aquellos mismos regaños la incitaban aún más a revelarse.
“Pero qué manera tan cruel de maltratar a un niño; alguien debería darle a él un castigo similar”, pensó ella mirando al hombre gordo. El pequeño le parecía encantador; debía tener ocho años o menos, era rubio y su rostro estaba moteado de pecas.
La
paliza había terminado y el hombre gordo mandó al niño a dormir. Sidhe no tardó
en adivinar que aquel hogar carecía de una mujer. La mamá del niño había
muerto; lo supo al oler la nostalgia en el pequeño. Supuso que cuando el padre
se ponía violento, era la madre quien lo defendía. Ahora, el pobre, con marcas por todo el cuerpo, lloraría sin
consuelo hasta dormir mientras los golpes se enfriaran. Sidhe sintió un odio
intenso por el hombre gordo, que se acomodaba en un gran sillón frente a una
chimenea mientras fumaba su pipa.
El hada voló hacia el exterior y buscó la ventana correspondiente a la habitación
donde el niño descansaba. Lo encontró llorando a lágrima viva sobre su almohada.
–Hola
–dijo ella, posándose sobre la cabecera de la cama. El niño interrumpió su
llanto y levantó la cabeza. Al ver de dónde provenía la voz sus ojillos
resplandecieron de sorpresa.
–Hola… Eres... un hada. –dijo el pequeño. No fue una
pregunta, sino más bien la asimilación de un hecho.
–¿Cómo
te llamas? –preguntó ella.
–Tudur.
–Encantada
en conocerte, Tudur. Yo soy Sidhe. No llores más, he venido para cuidar de ti.
Nadie te volverá lastimar.
El niño había escuchado infinidad de leyendas
sobre las hadas que habitaban el bosque, y en varias ocasiones había salido
decidido a encontrar algunas, pero cada vez se convencía más de que sólo eran
cuentos. Estar ante una lo emocionó de tal manera que olvidó el punzante ardor
de los golpes.
El
niño observó detenidamente a la diminuta criatura alada y la comparó en tamaño
con un ratón, pero se dio cuenta de que ella era mayor que él. Parecía una
muchacha de la edad de su prima, que tenía 17 años. Tenía orejas largas y
puntiagudas, y su piel era blanca como la leche, aunque bajo la luz la luna que
entraba por la ventana, más bien parecía azul. El cabello, rojo
resplandeciente, le llegaba hasta la cadera, y sus ojos, que no tenían pupila,
parecían por su color dos minúsculas cerezas. A Tudur le pareció bonita.
Si
bien le impactó mucho que el hada careciera de ropa, pues nunca había visto a una mujer desnuda, lo que más
le maravilló fueron sus alas, que le parecieron similares a las de una
libélula.
–¿Por
qué tu padre te golpeó de esa manera? –preguntó Sidhe.
–Dice
que soy malo. Que maté al gato –contestó mirando hacia el suelo.
–¡¿Y
lo has hecho?! –preguntó el hada llevándose su pequeña mano a la boca.
–¡No!
¡El gato murió de frío!... Andaba por la rama del árbol grande qué está junto
al arroyo y resbaló… yo lo vi caer al agua. Quise secarle, llevarlo a casa,
pero corrió muy rápido. Padre lo encontró congelado frente a la puerta. Padre
dice que yo lo maté, pero no es verdad.
–Yo te creo. ¿Sabes lo que pienso? Que el malo
es tu padre. Hace falta carecer de corazón para golpear a un niño tan dulce
como tú. Me enfadó mucho lo que te hizo.
–¿De
verdad?
–Por
supuesto, me dolió verte llorar. Ningún niño merece ser golpeado así; tu padre
fue injusto. Sé lo que sientes, a veces las otras hadas también son injustas conmigo; me tratan como a una niña,
me llaman inmadura y también me culpan de todo lo malo.
Mientras
decía esto, Sidhe voló para posarse sobre una almohada y quedar más próxima al
niño; en su aleteo dejaba motas de un polvillo azulado que resplandecían a la
luz de la luna. El hada tomó asiento abrazando sus rodillas, en su rostro y voz
había indignación.
–Ya
no tienes por qué temer de tu padre, yo te cuidaré –dijo ella.
–¿Cuidarme?
– preguntó Tudur mientras miraba con fascinación las alas de la mujercilla.
–Sí,
nadie te hará daño nunca más. Hagamos un trato: tú no le dirás a nadie que me
has visto y seremos amigos. Vendré a verte todas las noches. Seré tu consejera,
tu conciencia, tu mejor amiga. Estaré contigo siempre que quieras; toda tu vida
si así lo deseas. Te enseñaré sobre la magia y cosas que ni te imaginas,
siempre que tú me hables de cómo son las cosas en la aldea de los hombres. ¿Te
parece?
Conforme
ella hablaba, la boca del niño se abría con incredulidad y sus ojos
centelleaban de emoción. Y la idea no entusiasmaba menos a ella, pues en su
pequeña ciudad también había leyendas sobre hadas que hacían amistad con un
humano y se volvían inseparables.
–¡¿Magia?! ¡¿Qué tipo de magia?! –preguntó
Tudur entusiasmado. –¡¿Podré volar cómo tú?!
La
inocencia de su pregunta arrancó a Sidhe una pequeña carcajada.
–Sí,
Tudur, también a volar. Pero además, sobre muchas cosas que te gustarán mucho,
como entender el lenguaje del viento, aprender de la sabiduría de los viejos
árboles y saber lo que piensan los animales.
La
sonrisa de niño se amplió de tal manera que parecía que se desbordaría de su pecoso rostro y sus ojos brillaron más que el sol al despuntar el
alba.
–Créeme,
te va a gustar mucho lo que te voy a enseñar –dijo Sidhe. –Tenemos muchas
experiencias maravillas por delante y estoy impaciente por empezar, pero
primero, lo primero: hay que matar a tu padre.
La
expresión atónita de Tudur arrancó al hada otra carcajada.
–Es
broma. Por supuesto no le haré daño, es tu padre. Pero sí que debe recibir algún
castigo ¿no lo crees?
–Yo…
no lo sé –dijo el niño bajando la mirada.
–No
temas. Sólo le daré un buen susto. Y la próxima vez que te haga daño, le daré
otro buen susto. Con el tiempo, comprenderá que cosas malas le pasan cada que te
pone la mano encima. Será como entrenar una mascota.
–Pero…
¿qué es lo que le harás? – quiso saber el niño sin levantar la mirada.
–Eso
déjamelo a mí. Ya te platicaré –dijo el hada y alzó el vuelo. La boca de Tudor
volvió a abrirse de asombro; el diminuto cuerpo femenino con alas de libélula
no dejaba de maravillarlo. Pronto se dio cuenta de que el pequeño ser pretendía
salir por la ventana y antes de que pudiera protestar, ya había salido al
exterior. Quedó un momento mirando hipnóticamente hacia la nada, preguntándose
si aquello había sido un sueño.
***
Sidhe
estaba emocionada y aterrada a la vez. Acaba de hacer algo que le daría
problemas en su comunidad y esta vez era bastante grave. Se había revelado ante
un humano. Sabía que la amonestarían con dureza, sabía que se exponía a ser
desterrada y tal vez asesinada si aquello acarreaba consecuencias graves, pero
no le importaba. Además, confiaba en su instinto, ése que tanto le criticaban.
El niño era diferente a los demás humanos, lo intuía.
Sidhe
odiaba los sermones. Odiaba que la llamaran inmadura y le hablaran sobre
consecuencias. Ella sostenía que uno debe tomar sus propias decisiones por más
equivocadas que estén y así aprender de sus errores. Esa era su personalidad y
nada la haría cambiar.
A
pesar de que era una ley en su ciudad no penetrar en los hogares humanos, ella
lo hizo. Y no sólo eso, sino que había entablado amistad con un niño. Estaba
ansiosa de ver la reacción del resto del grupo. Y ahora estaba a punto de dar
un paso más: castigar a un hombre por cuenta propia.
Todo el mundo sabe del poder de las hadas.
Existen numerosas historias sobre su voz irresistible y la manera en que a
veces la usan para despistar a los humanos y evitar que encuentren su guarida,
o bien para castigarlos por alguna osadía imperdonable.
Se
dice que practican corros mágicos, danzando en círculos y entonando cantos que
pueden llegar a hipnotizar a una persona, que voluntariamente, aunque
inconsciente de ello, entra en el círculo y baila al compás de la música. Para
la víctima de este poderoso hechizo, bien podrían haber transcurrido siete
minutos, pero en realidad siete años de su vida se habrían perdido.
Sidhe
jamás había participado en un corro mágico, pero no necesitaba de eso para
castigar al hombre gordo. Ella tenía medios propios, que sin duda también
serían reprobados por sus compañeras.
Colocándose
estratégicamente en una ventana del recinto principal de la casa, Sidhe emitió
su canto. El hombre gordo, que ya había
terminado su fumar su pipa y dormitaba en el gran sillón, despertó de pronto y
giró la cabeza hacia el sonido y como si se tratase de un sonámbulo,
inconsciente de sus actos, se levantó de su asiento y salió al exterior.
A
esa hora de la noche, era una insensatez salir sin algo con qué defenderse de
la vida salvaje nocturna, pero él no estaba en sus cinco sentidos. Avanzó por
el sendero que conduce hacia la montaña, justo hacia aquella parte del bosque
que nadie se atreve a visitar de día y mucho menos de noche. Pronto, la
oscuridad absoluta lo envolvió; la luz lunar apenas se filtraba entre las ramas
de los inmensos árboles que alcanzaban alturas de vértigo. Caminó durante varios
minutos y en algún punto abandonó el sendero para internarse en la
espesura.
De
haber estado plenamente consciente, en lugar de pensar que aquello era un sueño
que tenía mientras dormía al calor de la chimenea en su gran sillón, el hombre gordo
habría corrido despavorido al ver el sitio al que se dirigía. Hablar de aquella
zona se había convertido en un tópico tabú en la taberna donde los leñadores,
como él, en ocasiones acudían al final de su jornada para beber y enterarse de
las últimas noticias del pueblo. Un tema a menudo censurado si ya estaba muy
entrada la noche.
En
aquel lugar los árboles estaban muertos y no había rastros de vida animal. Ni
siquiera los insectos se atreven a andar por ahí, se decía. En el pueblo le
llamaban “El campamento del Diablo” y afirmaban que en tal sitio las brujas
hacían pactos indecibles con las criaturas mágicas del bosque.
Sidhe
no sabía si el Diablo tenía algo que ver que con ese lugar, pero sí sabía que
era la guarida de una pandilla de tánganos de la peor calaña. Criaturas
depreciables, groseras, sucias, ruines y horribles. Aquellos duendes no serían
capaces de matar al hombre gordo, pero sí de divertirse a su costa. Incluso
podrían darle una buena paliza.
El
hada dejó de cantar y se regocijó al ver al tipo confundido y asustado, mirando
a su alrededor; preguntándose seguramente si aquello era una pesadilla y
deseando con toda el alma despertar. La carcajada que de ella salió, puso al
hombre gordo los pelos de punta. Con una gran sonrisa en su pequeño semblante,
satisfecha de lo que había hecho, Sidhe se alejó del lugar.
***
–¡Haz
vuelto! –expresó Tudur con alegría cuando vio al hada entrar por la ventana de
su habitación.
–Por
supuesto que he vuelto, ¿creías que te iba a abandonar? ¿O acaso pensaste que
todo fue un sueño? –señaló ella con las manos cruzadas mientras volaba a
escasos centímetros del rostro del niño. –Lo de tu padre está hecho. Tendrías
que haber visto su cara.
El
rostro del niño se ensombreció de pronto y bajó la mirada.
–¿Qué
le has hecho? –preguntó apesadumbrado.
–Sólo
un susto, no te preocupes. Estará bien –lo tranquilizó el hada.
No
transcurrió mucho tiempo antes de que el niño se olvidara del asunto y volviera
a sonreír. Pasaron varias horas platicando, a ratos sobre el mundo de las
hadas, a ratos sobre la aldea de los hombres, tal como habían acordado. A Tudor
le maravilló saber que los árboles del bosque hablaban entre ellos, incluso
chismorreaban, y que los animales contraían matrimonio y hacían juramentos
eternos. Por su parte, Sidhe estuvo interesaba en saber más sobre el legendario
poder de los humanos de convertir las espigas de trigo en un delicioso manjar
llamado pan.
Fue
el estruendo de la puerta de la casa al abrirse y cerrarse con dureza lo que
interrumpió la conversación. Desde la estancia principal se escuchaba una
respiración acelerada y sollozos; a esto siguió el sonido de pasos apresurados
hacia la habitación del niño. Rápidamente el hada se escondió debajo de la cama
y Tudur fingió estar dormido.
La
puerta se abrió de pronto, la figura temblorosa del hombre gordo se recortó en
el contraluz de la chimenea. A un sonoro suspiro de alivio, siguieron más
sollozos. La puerta se cerró.
–Te
dije que estaría bien –dijo Sidhe al salir de su escondite para posarse sobre
una mesilla a un lado de la cama.
–Nunca
había escuchado a padre llorar –señaló Tudur con la mirada perdida.
–Esperemos
que nunca más tengas que oírlo de nuevo.
Una disimulada sonrisa se dibujó en el pecoso rostro infantil. Era un gesto nuevo para Sidhe, que creía estar ya familiarizada con todas sus expresiones faciales del pequeño.
–Ha
llegado la hora de irme, Tudur. Pronto amanecerá.
La
sonrisa del niño desapareció de tajo tras el anuncio de su amiga. Como todo
infante, su energía no conocía límites y no tenía ni pizca de sueño. Si por él
fuera, podrían estar muchas horas más conversando.
–¡Espera!
¡No te vayas! –suplicó el niño.
–No
te preocupes, volveré mañana –dijo el hada entre risas –Y el día después de
mañana. Somos amigos, recuerdas. Aún tengo mucho que enseñarte.
–¡No
te vayas! Anda, dime cómo volar.
Aquello
arrancó una risotada al hada.
–Eso
ha sido broma, Tudur, no puede ser. Los humanos no vuelan. Pero ya te contaré
lo que se siente y te lo contaré tan bien, que será como si hicieras. Pero eso
será mañana, ahora debo marcharme y tú debes descansar.
Acababa de alzar el vuelo cuando la manita
regordeta de Tudur se cerró sobre su pequeño cuerpo. Sidhe escuchó el crujido
de sus alas de libélula.
–¡Tudur!
¡¿Qué haces?! Me aprietas muy fuerte, no
puedo respirar –dijo ella con dificultad.
–No
quiero que te vayas –puntualizó firme el pecoso con una dura mirada en su
semblante, y tan fácil como se desprenden las hojas de un árbol, le arrancó las
alas.
El
dolor fue terrible, inimaginable, pero más le dolía su pérdida; se acabaron los
paseos, se acabó su vida. La tristeza de un hada no es como la de los humanos,
sino infinitamente más profunda y devastadora; es peor que la muerte. Sus ojos
color cereza se volvieron negros y abandonó toda resistencia. Permaneció en la
mano del niño con rostro impasible, como lo hacen los animalillos del bosque al
caer en las fauces de un depredador.
Tudur
estudió con sumo interés el cuerpecillo de la mujer desnuda que sostenía en su
mano; pasó su índice por la diminuta anatomía y analizó con natural curiosidad
lo que había entre sus piernas, que era muy distinto a lo que tenía él entre las
suyas. Escudriñó los muñones donde habían estado las alas y le preguntó si le
dolían. Al no recibir respuesta, temió que estuviera muerta y la zarandeó con
brusquedad para hacerle reaccionar. Supo que vivía por el movimiento agitado
del pequeño pecho. Sonrió. La misma sonrisa que momentos atrás, Sidhé no supo
interpretar.
La
idea de no poder volar le había decepcionado mucho, pero muy pronto, como sólo
un niño puede hacerlo, se olvidó del asunto. Había aún muchas cosas
interesantes para hacer.
Estaba
muy animado, la cacería de ranas y la autopsia de bichos raros ya lo tenían harto.
Ahora había encontrado una verdadera hada. No esperaría al amanecer, saldría de
la casa en ese momento y llevaría su hallazgo al arroyo. Tal vez la moje y ate
a una rama para ver cómo se congela, como hizo con el gato. Pero no estaba
seguro, pensaba que debía hacer algo diferente, después de todo, no todos los
días se encuentra un hada.
Aún no he leído todos tus relatos, pero creo que éste es por ahora mi favorito. La sensibilidad que se ve al principio en contraste con la crudeza que desprende el final hace que el relato funcione de manera fenomenal. Enhorabuena.
ResponderBorrarGracias Alejandro por visitar mi blog y por el comentario. Siempre me han gustado las historias con giros bruscos y supongo que aspiro a lograr lo mismo. Saludos,
BorrarExcelente narración; me transportaste a una tierra de fantasía haciéndome ver cada detalle y hasta me hiciste hacer un gesto de dolor ante el sádico acto de Tudur.
ResponderBorrarDe pronto dejé de tenerle broca al hombre gordo...
¡Muy bueno, Carlo!
Gracias. La verdad es que el hombre gordo es un buen padre
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